Homo rodans, 1959
Escultura a base de huesos de pollo,
pavo y espinas de pescado
41 x 17 x 6,5 cm
Colección particular, México
Deben de ser los años diez y una niña de ojos soñadores y mirada inquisitiva estudia con curiosidad cierto manuscrito miniado en el cual se relata la historia de su familia. Lo mira con atención y piensa en los tiempos pretéritos -el mundo medieval le fascina, dicen -. Piensa de repente en un objeto que, pese a venir del pasado remoto -o eso explican los sabios-, existe sólo en su futuro, en su futuro.
Se trata de una extraña criatura construida con huesos de pollo y pavo, raspas de pescado, alambre... Su aspecto es humanoide, se diría: cuello, espina vertebral, cabeza, facciones dibujadas con los deshechos de las aves. Parece un viajero o, al menos, va subido encima de una rueda. Aunque no, no es exactamente así. La rueda forma parte de su estructrura; la rueda es el torso del Homo rodans, de ahí su nombre. "¿Ruedo o ruedas? ¡Ah sí! Rueda, rueda de la fortuna, de bicicletas y triciclos", escribe años más tarde la niña convertida en artista.
Rodar, rodar... Caminar, salir de viaje o, mejor aún: salir sin rumbo. Dejarse llevar por la vida como las ruedas de las bicicletas y la rueda de la fortuna. Estar siempre sobre ruedas, en tránsito. Estar de camino antes que de pie -no en vano, el Homo rodans es el antecesor del Homo sapiens, demostrando que viajar debe ser anterior incluso a caminar.
Y, pese a todo, en 1959, año en el cual el Homo rodans adquiere vida, la autora no se toma la figurilla muy en serio. La ve como un simple divertimiento: ni siquiera es pintura. "Eso de la figurita que me dices es una cosa que no te había contado porque no sabía cómo explicártelo -escribe en una carta a su madre-, ya que se trata de antropología y no de pintura. Resulta que hice con huesos de pescuezo de pollo y de pavo, después de limpiarlos muy bien, una figura y escribí un pequeño tratado de antropología (imitando un manuscrito) para demostrar que el antecesor del Homo sapiens es el Homo rodans [...] no te doy detalles de lo que escribí o de la figura, pues todo está hecho imitando las cosas y palabras científicas que casi nadie entiende y muchas partes del escrito están en latín inventado que ni yo misma entiendo..."
Sí, se trata de una pieza modesta comparada con los cuadros que la artista está pintando en esa época, aunque, leída desde la perspectiva actual, la estatuilla de huesos resuma la esencia del trabajo de aquella niña que miraba el manuscrito miniado y que en 1959 tiene en la escena artística internacional un nombre reconocido.
En esta esculturita se reúnen muchas de las capas de significación, a veces en apariencia paradójicas, que constituyen la obra de Varo. ¿Qué da pues, a Homo rodans ese carácter único?
En primer lugar, se trata de uno de los pocos ejemplos entre la producción de la autora que se podría denominar con el apelativo de "objeto surrealista", categoría popularizada entre los artistas próximos al grupo en Francia y Bélgica. Esta fascinación hacia el mundo de las cosas que cambian o pierden su significado -desde los famosos "objetos encontrados" hasta las combinaciones imposibles que ejemplifican "el paraguas y la máquina de coser sobre la mesa de operacioes", para los surrealistas epítome de la belleza de lo inusual- se relaciona asimismo con el concepto que Breton, pope del movimiento, acuña en el primer Manifiesto surrealista de 1924. Lo "maravilloso", a cuya definición se aproxima a través de algunos objetos que configurarían esa categoría escurridiza enraizada con Baudelaire -las ruinas románticas, el maniquí moderno, los patíbulos de Villon -, es, a juzgar por los ejemplos dados, heterogéneo y, sobre todo, alejado del sistema cultural establecidp o en sus bordes. Lo "maravilloso" pertenece al mundo de los mercadillos callejeros, lugares a los cuales los afiliados del movimiento van a menudo buscando objetos "pasados de moda, rotos, inservibles, casi incomprensibles, incluso perversos".
El Homo rodans parece, desde muchos puntos de vista, paradigmático de la propuesta estética bretoniana. No en vano, en el manuscrito que Varo escribe, imitando el estilo pomposo de los eruditos y que firma con un nombre inventado, Halikcio von Fuhrangsmidt, el de un reputado antropólogo alemán, hable del primer paraguas hallado entre las ruinas de Mesopotamia. En este texto, que vio a luz en 1970 por iniciativa del doctor Jan Somolinos Palencia, amigo al cual pidió Varo ayuda en la realización del proyecto con el fin de dar verosimilitud a sus comentarios, se conjugan dos de las pasiones más decididas de la pintora: las ciencias ocultas y las ciencias naturales.
En todo caso, más allá del gusto exacerbado hacia las metamorfosis, tan reiterado en los cuadros de Varo, lo que desvela el Homo rodans en relación al trabajo de la artista es su impenitente pasión por los relatos, la invención de historias que regirán su vida entera. Las historias gobiernan sus óleos, sus escritos, sus cartas a los amigos y a la familia, y esas otras cartas a desconocidos convocándolos a reuniones, que se relacionan con cierta tradición surrealista plasmada también en las acciones artísitcas de la segunda mitad del siglo xx.
Remedios Varo/Estrella de Diego
Madrid: Fundación Mapfre, Insituto de Cultura, 2007